SIN MIEDO AL LOS CAMBIOS

Éste es un artículo de Xavier Guix que apareció en el Pais Semanal, el 19 de Septiembre, que me ha recordado mi amiga Puy, y que me parece muy interesante leer, integrar y de vez en cuando, recordar…

Lo único que no cambia es el cambio. La vida es movimiento; de lo contrario, estaríamos muertos. Sin embargo, nos cuesta afrontar novedades, salir del confort. Hasta que llega el caos en forma de crisis existenciales.Metidos en la experiencia de la dualidad, los humanos nos debatimos entre el orden y el caos. Como predijo Heisenberg en el Principio de incertidumbre, no se pueden predecir los acontecimientos futuros con exactitud si ni siquiera se puede medir el estado presente del universo de forma precisa. Dicho de otro modo, no sabemos, ni podemos, controlar lo que sucederá dentro de nada. El control solo es una falsa ilusión con la que algunos se quedan algo más tranquilos.” Sigue leyendo

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Gero arte, Benedetti

  Yo…con la salud algo quebrantada
y no se si recuperable,
dejo a mi segunda mujer
mis brazos y mis piernas,
en recuerdo de que con

unos y con otras la abarqué y la ceñí,
la incorporé a mi territorio,
la gocé y logré que me gozara.

También le dejo mis rabietas de verdugo

y mis caricias de arrepentido;
mis hoscas vigilias y mis nocturnos de
minucioso amador;

la melancolía que me provocan

sus ausencias y el cielo abierto
que acompañan sus regresos;
la garantía de saberla dormida a mi lado
y la certeza de que velará mi último sueño.

Yo..dejo también una canción cadenciosa y pegadiza
que mi madre cantaba en la cocina mientras revolvía
el dulce de leche casero;
dejo un cristal con lluvia
que me ponía alegremente melancólico;
dejo un insomnio con luna creciente
y dos estrellas;
dejo la campanilla con la que llamaba
a la esquiva buena suerte;
dejo una tijerita de acero inoxidable
con la que, a través de los años,
me fui cortando tres o cuatro tipos de bigote;
dejo el cenicero de Murano que recogió
sin inmutarse las cenizas de mis frustraciones;
dejo todos mis apodos
y mis remordimientos clandestinos;
dejo una ficha de ruleta para que alguien
la apueste al treinta y dos;
dejo el relámpago de la memoria
que a veces ilumina los baldíos de mi conciencia;
dejo el cuaderno tabaré cuadriculado
donde fui anotando mis vagos presentimientos;
dejo un ejemplar del Quijote en papel
biblia con notas al margen que testimonian
mi aburrida admiración;
dejo los gemelos de oro que me regalaron
para mi segunda boda y que nunca estrené pues
uso camisas de manga corta;
dejo la cadenita de mi pobre perro
que murió hace tres años porque
no supo soportar su viudez;
dejo un encuadernado ejemplar de la
oda al carajo, única obra maestra del
ubicuo bandolero que escribió
nuestro himno y el de Paraguay;
dejo el antiguo calzador de mango largo
que uso en mis temporadas de lumbago;
dejo mi valiosa colección de arrugadas expectativas;
dejo un cajoncito de cartas recibidas y otro cajoncito
con copiaas de las cartas que no me contestaron;
dejo un termómetro enigmático y maravilloso
porque siempre nos fue imposible leer en él
la temperatura nuestra de cada día;
dejo la acogedora sonrisa de la preciosa
pero intocable mujer de un amigo
que es campeón de karate;
dejo el único piojo solitario,
anacoreta, que ingresó hace doce años
en mi geografía corporal
y al que ultimé sin la menor piedad ecologista;
dejo un plano muy bonito de Montevideo,
recuerdo de una época poscolonial y premoon;
dejo mi horóscopo, con sus pronósticos
nunca confirmados; dejo un papel secante
con la firma (invertida) de un ministro del ramo;
dejo un caracol gigante,
recogido en una playa oceánica
que antes de expirar me miró
con la tristeza de su odio salado;
dejo una antena de TV, que sólo aportó
inéditos fantasmas a mi pantalla;
dejo las ojeras de mi hipocondría y
los ardides de mi falso olvido;
dejo un decilitro de ola atlántica
que guardo en un frasco
verdiazul para que no extrañe;
dejo un sueño erótico y su verdad desnuda,
por cierto inalcanzable en la arropada vigilia;
dejo una bofetada femenina, injusta y perfumada;
dejo una patria sin himno ni bandera
pero con cielo y suelo;
dejo la culpa que no tuve y la que tuve,
ya que después de todo son mellizas;
dejo mi brújula con la advertencia
de que el norte es el sur y viceversa;
dejo mi calle y su empedrado;
dejo mi esquina y su sorpresa;
dejo mi puerta con sus cuatro llaves;
dejo mi umbral con tus pisadas tenues;

dejo por fin mi dejadez.

“MARIO BENEDETTI”

Averroes

D

DISCÍPULO: ¡Maestro Ibn Rushd!, ¡maestro!…


AVERROES: La medicina, la astronomía, todas las demás ciencias. Siempre me pedís que os explique lo que ha dicho Aristóteles sobre el saber de las cosas terrenales, pero nunca me preguntáis por las cuestiones últimas. De dónde venimos, a dónde vamos, la creación y, sobre todo, la finalidad y el sentido de la vida y de la historia.

 
DISCÍPULO: Maestro, hoy…


AVERROES: Hoy, como siempre, nuestra filosofía no serviría de nada si no supiera enlazar estas tres cosas, que yo he tratado de unir en mi libro “La Armonía entre Ciencia y Religión”.

Una ciencia, fundada en la experiencia y en la lógica, necesaria para descubrir las causas de los fenómenos.

Una sabiduría, que reflexione sobre los fines de toda búsqueda científica, para que ésta contribuya a hacer nuestra vida más hermosa. Y una revelación, la de nuestro Corán. Ya que únicamente mediante la revelación, podremos conocer los fines últimos de nuestra vida y de nuestra historia.

 

MUJER: ¿Pero para nosotras las mujeres?


AVERROES: Las mujeres tienen los mismos fines últimos que los hombres. El Corán no distingue más que entre aquellos hombres y mujeres que buscan la ley de Dios y aquellos que no se preocupan de ella. No hay ninguna otra jerarquía entre los seres humanos. Sin embargo, vosotros los hombres consideráis a las mujeres como plantas, a las que no se las busca más que por sus frutos, para la procreación; las convertís en cosa aparte, en sirvientas. Éstas son vuestras costumbres y no tienen nada que ver con el Islam.


ESTUDIANTE: ¿Y nuestros reyes?


AVERROES: El Profeta nos ha enseñado que no hay guerra más santa que el decir la verdad a un dirigente injusto. El tirano es el más esclavo de los hombres; es entregado a sus pasiones por sus mismos cortesanos, y a sus terrores por miedo a su propio pueblo.


ESTUDIANTE ¿Cuál será entonces la mejor sociedad?


AVERROES: Aquella en la que se dé a cada mujer, cada niño y cada hombre, los medios para desarrollar todas las posibilidades que Dios les ha dado.

 

OTRO: Y, ¿qué poder podrá establecerla?


AVERROES: No se trata de una teocracia como la de los cristianos de Europa, de un poder de religiosos. Dios, dice el Corán, ha insuflado en el hombre su espíritu, ¡hagámosle vivir de verdad en cada hambre!


OTRO: ¿Cuáles serán las condiciones de una sociedad así?


AVERROES: Una sociedad será libre y, por tanto, agradable a Dios, cuando nadie actúe en ella ni por temor al príncipe, ni por temor al infierno, ni por deseo de una recompensa cortesana, ni del paraíso. Cuando nadie diga ya más ¡esto es mío!

OTRO: Maestro, decidnos más cosas.


AVERROES: Ya está bien de preguntas. En primer lugar, yo no soy maestro. Dios es el único maestro. Y la enseñanza más frecuente en su Corán es que hay que hacer el esfuerzo de reflexionar por uno mismo.

 

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IBN ARABI

Despues del Interes que ha suscitado el poema del gran filosofo y místico sufí IBN ARABI, tengo el placer de adjuntaros un texto del mismo autor. Dicho texto de casi 1000 años de antigüedad es de total actualidad y de enorme inspiración para cualquier explorador/a del Conocimiento Personal y Espiritual.

Afectuosamente:

Txema Ibrain 

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Hubo un tiempo.. IBN ARABI

Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi projimo , si su religión no era como la mia. Ahora mi corazón se ha convertido en el receptaculo de todas las formas: es pradera de las gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de idolos y kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y Pliegos del Corán. Porque profeso la religión del Amor y voy donde quiera que vaya su cabalgadura, pues el amor es mi credo y mi fe.

 

IBN ARABI (1165-1241), murciano universal y uno de los mayores maestros sufíes de la historia del Islam.

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