Como dar bien las malas noticias (2)

Estos últimos años las mentalidades han cambiado mucho a propósito de la información suministrada al paciente sobre su diagnóstico, su tratamiento y la evolución de su enfermedad. Las relaciones entre los profesionales de la salud y los enfermos se basan, cada vez con mayor frecuencia, sobre el consentimiento informado a propósito de exámenes y tratamientos. En tiempos pasados, hemos vivido (sobre todo en países latinos) en un ambiente de paternalismo por parte de profesionales y familiares en el que ambos preferían ocultar al enfermo su situación pensando que esto era lo mejor para él. Hoy este esquema es cada vez menos válido y los códigos éticos y también legales abogan más y más por la autonomía de los enfermos. Estamos entonces en un periodo de transición que nos obliga a adaptarnos a la nueva situación. 

El médico es, habitualmente, quien aporta un porcentaje más elevado a la hora de la decisión sobre lo qué se dice y el cómo se dice. Y ello por una razón bien simple: el médico es quien primero conoce el diagnóstico y quien está profesionalmente capacitado para poder aventurar un pronóstico. Por otra parte, cada médico tiene su propia filosofía al respecto, su propio sistema de creencias, su experiencia acumulada y, en muchos casos, subconscientemente manejada. A todos nos gusta dar buenas noticias y a nadie nos gusta dar las malas y los médicos no son una excepción. De hecho, el médico sufre cuando tiene que hacerlo. El 60% de los oncólogos griegos han manifestado sufrir tristeza y el 30% ansiedad en esta situación. Por lo tanto, el médico teme, igual que el enfermo, las malas noticias, en parte por las mismas razones que éste y en parte a causa de ciertos aspectos de su formación profesional. Lamentablemente, en los tiempos que corren, los profesionales no reciben durante su etapa de formación en las facultades y escuelas universitarias, ningún adiestramiento en este sentido.

Nuestras facultades de Medicina consideran cumplida su misión si logran hacer del estudiante un buen técnico. Resulta inútil intentar encontrar en los libros de texto de Medicina o Cirugía escritos en España e incorporados a nuestros centros de enseñanza cualquier tipo de orientación, bien teórica o doctrinal, bien basada en la propia experiencia de sus autores (de nuestros catedráticos y profesores), que pueda servir como norma de conducta o como guía de referencia. Parece como si estos aspectos de nuestra relación con el enfermo en cuanto persona humana, de nuestra comunicación con él, y no digamos de todo lo referente al tema de cómo plantearle un diagnóstico mortal, rebasa el campo de la Medicina y quedaron relegados a lo que, no siempre con el respeto debido, suele ser calificado como de tarea para los humanistas.

Se establece en la práctica una separación que sitúa en un campo lo técnico-científico y en el otro los valores humanos, sin apenas dejar margen para algún qué otro solitario puente entre ambos. Además, la falta de comunicación está teniendo una repercusión muy importante en el elevado número de demandas efectuadas contra los médicos. Un abogado se expresaba así5: “Gran parte de las demandas por negligencia son debidas en realidad a quejas sobre una mala información. Hay médicos que no escuchan al enfermo, que no explican de forma asequible el diagnóstico, el tratamiento, los riesgos y las secuelas que este último puede producir. Hay que buscar el modo de restablecer la comunicación entre el médico y el paciente, de manera que se desdramatice todo lo que supone una demanda civil”.

Los médicos cada vez hablamos menos y escuchamos menos a los enfermos. Y los enfermos, sobre todo los enfermos graves e incurables, necesitan la palabra confortante de su médico y necesita ser escuchado por su médico quien con mucha frecuencia olvida que la palabra, el diálogo, es uno de los mejores instrumentos diagnósticos y terapéuticos, no reemplazable por ningún aparato. El médico actual ya no tiene idea del poderío de la palabra. Cree en el poder de la química, pero no en el poder de la palabra. Llama poderosamente la atención el hecho de que médicos y profanos cuando se les pregunta, mayoritariamente manifiestan el deseo de ser informados en el caso de ser ellos los afectados y sin embargo la mayoría de los profesionales no informa y cuando afecta a un familiar, los profanos tampoco desean que se informe al paciente. Si, por una parte, parece loable este afán de proteger a las personas más próximas, puede también interpretarse con un cierto cinismo o como una infravaloración de esos mismos familiares a los que no se juzga con la calidad moral necesaria para asumir lo que uno sí cree poder hacer. Probablemente se infravalore la capacidad de respuesta que tienen los enfermos y quizás también con demasiada frecuencia, los médicos tememos en exceso las posibles reacciones de nuestros pacientes ante el anuncio de su enfermedad.

 Es comprensible que le resulte difícil a un médico decir la verdad. Las razones son las mismas que llevan a practicar el encarnizamiento terapéutico o a ver la eutanasia como un camino posible. Decir la verdad es reconfesar la propia fragilidad, reconocer ante la muerte cercana de otra persona que también yo, como él, estoy destinado al mismo desenlace. El miedo a la muerte es el que, en definitiva, nos hace mentir, nos empuja al encarnizamiento terapéutico o a la precipitación. No siempre es fácil decir la verdad. Esto no significa que sea necesario mentir, sino que no es necesario siempre y en cualquier lugar decir la verdad, sin importar cómo se diga. Se puede permanecer callado, no decir nada; pero nunca mentir. Es difícil, muy difícil comenzar a decir la verdad cuando nunca se ha dicho, romper la cadena de mentiras, porque mientras más se miente más propenso se está a la mentira.

Decir la verdad es un estilo de vida.

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